por Marcelo Colussi
El miedo paraliza. Eso no es nuevo, en absoluto. Todos lo sabemos desde tiempos inmemoriales, y quienes ejercen alguna cuota de poder, además de saberlo, lo utilizan. El miedo comporta algo de irracional, de primario; la lógica «bienpensante» pierde ahí la supremacía. Por ser un sentimiento primario, casi del orden del reflejo incondicionado (instintivo), nos acerca más al mundo biológico.
Alguien asustado, no digamos ya aterrorizado, es presa de las reacciones más viscerales, más impensadas, dejando totalmente a un lado las decisiones razonadas, frías y llevadas por la lógica. Hacer uso de esas circunstancias, en función de un proyecto hegemónico, es algo por demás conocido en la historia: quien manda se aprovecha del miedo del otro para ejercer su poder. Eso es, a todas luces, un mecanismo maquiavélico, perverso. Pero ¿quién dijo que la perversión no es parte consustancial de lo humano?
Hoy día, en nuestra hiper-tecnocrática sociedad, el manejo de las emociones, entre ellas el miedo, es un elemento de importancia capital para el mantenimiento del sistema. Obviamente, si alguien maneja y manipula ese miedo, no es el ciudadano de a pie, el hombre-masa, como se le ha dado en llamar. Es él quien lo sufre, el objeto de la manipulación; pero los hilos del títere no los mueve precisamente él. Para ello está lo que la academia estadounidense llama «ingeniería humana». «¡No queremos otra Venezuela en nuestro país!», repiten constantemente los candidatos de derecha en cualquier nación latinoamericana. Y, por supuesto, ganan las elecciones. El miedo a los extranjeros «que vienen a robarnos puestos de trabajo y traen la delincuencia» permitió a Trump en Estados Unidos y a muchos líderes europeos ganar sus respectivas elecciones, montándose en esos fantasmas.
En esa lógica, el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, miembro de importantes tanques de pensamiento de Estados Unidos y catedrático en la Universidad Johns Hopkins, uno de los más conspicuos representantes de esta derecha imperial que se siente dueña del mundo, pudo decir sin ambages: «En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón».