L’associazione Utopia Rossa lavora e lotta per l’unità dei movimenti rivoluzionari di tutto il mondo in una nuova internazionale: la Quinta. Al suo interno convivono felicemente – con un progetto internazionalista e princìpi di etica politica – persone di provenienza marxista e libertaria, anarcocomunista, situazionista, femminista, trotskista, guevarista, leninista, credente e atea, oltre a liberi pensatori. Non succedeva dai tempi della Prima internazionale.

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giovedì 19 luglio 2018

NICARAGUA NICARAGÜITA…, por Marcelo Colussi

© Inti Ocon
La situación en Nicaragua está al rojo vivo. Mucho se ha escrito ya al respecto, y en el campo de la izquierda las aguas están divididas: ¿apoyar o no apoyar a Daniel Ortega?
El presente texto quizá no aporte nada nuevo; en todo caso, presenta más preguntas que respuestas. Pero preguntas, en definitiva, que podrían funcionar para profundizar un debate imprescindiblemente urgente en el campo de la maltrecha izquierda: ¿tanto nos han golpeado, tanto se ha castigado al campo popular que la disyuntiva termina siendo apoyar o no a un presidente-empresario elegido en elecciones dentro de la legalidad capitalista? ¿Tanto hemos retrocedido que la disyuntiva se da entre si es “bueno” o “malo” un funcionario público que “hace cosas por su pueblo”? ¿Y los ideales socialistas revolucionarios que levantara la Revolución Sandinista hace 40 años? ¿Dónde queda aquello de poder popular, de gobierno obrero y campesino? ¿El socialismo se restringe a programas asistenciales?
Porque no hay que olvidar que el sandinismo histórico, no hay que olvidar que los valores revolucionarios que pusieran en marcha jóvenes luchadores en la década del 60 del pasado siglo cuando fundaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional, inspirados en muy buena medida en el marxismo (Carlos Fonseca era un consumado marxista), no se restringen a un presidente atornillado en el poder (y que coloca a dedo a su esposa como vicepresidenta). No hay que olvidar que el ideario socialista en nombre del que se llevó a cabo esa gloriosa gesta que fue la revolución del 19 de julio de 1979 no se reduce a apoyar a alguien “no tan bueno” pero “mejor que lo que podrá venir”.
Quizá vale recordar los ideales del Mayo francés, tan lejanos ahora en el tiempo que parecen utopías tontas: “¡Seamos realistas: pidamos lo imposible!”, pero imprescindiblemente necesarios. ¿Abandonamos los principios revolucionarios que permitieron las primeras revoluciones socialistas de la historia para quedarnos con la democracia burguesa y programas asistenciales? ¿Tan bajo hemos caído?
Abel Bohoslavsky, histórico militante socialista argentino, leyendo uno de los tantos materiales de análisis de la situación actual de Nicaragua, se pregunta (pregunta que hago mía): “Si Somoza era el hijo de puta de Roosevelt, ¿el «desastrado timonel» Ortega sería «nuestro» hijo de puta? Si ese desastrado timonel «hipotecó la tradición revolucionaria del sandinismo», tiene «desprecio por la opinión de la base sandinista» y además hizo un «pacto con los enemigos… siempre volátil y transitorio» –todo eso durante 18 años (pacto Ortega-Alemán)–, ¿hay que ir a ayudarlo para que «enderece el rumbo»?”.
Apoyar los gobiernos progresistas que aparecieron estos últimos años en Latinoamérica abre preguntas en la izquierda: ninguno de ellos, desde la Revolución Bolivariana con Chávez al orteguismo (¡no sandinismo!) actual en Nicaragua, pasando por distintas variantes (el PT en Brasil, matrimonio Kirchner en Argentina, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, etc.), cuestionó realmente las bases del capitalismo. Fueron, o son, procesos redistributivos con más justicia social que los planteos neoliberales de capitalismo feroz. Pero no tocaron los resortes últimos de la propiedad privada. ¿Es acaso el actual gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo un planteo revolucionario? Decir que mejoró un poco las condiciones generales de la población nicaragüense puede ser loable (puede ser, tampoco lo afirmaríamos categóricamente, porque ¿a qué costo las mejoró: llenando de maquilas el país con salarios bajísimos?), pero eso no es el ideario de una revolución socialista. ¿O sí?
Un planteo capitalista revestido de un discurso progresista y con pirotecnia verbal antiimperialista no deja de ser capitalista, con explotación de la mano de obra, con clases sociales enfrentadas. Eso no hay que olvidarlo: ¡los procesos socialistas no pueden entenderse si no es en la lógica de la lucha de clases! ¿A quién representa Daniel Ortega: al campesinado pobre, a los trabajadores urbanos, a los subocupados del comercio informal, o a la nueva clase empresarial ex sandinista que se enriqueció con la tristemente famosa “piñata”, cuando tuvo que dejar el poder en 1990? ¿Por qué los revolucionarios sandinistas que adversaron eso no siguieron en el FSLN?
Sin dudas, en la convulsionada sociedad nicaragüense el imperialismo estadounidense está trabajando. Eso ni se discute. América Latina, lo sabemos, es la reserva estratégica de Washington, y nada de lo que aquí pase en términos políticos escapa a su control. Con absoluta seguridad hay agentes del imperio trabajando a toda máquina en Nicaragua. Pero eso solo no explica los acontecimientos actuales.
Como dice Abel Bohoslavsky: “En Nicaragua hay una insubordinación cívica elementalmente democrática (cese de la represión, cese del autoritarismo gubernamental, cese del nepotismo). Se trata de una rebelión democrática contra un régimen de origen democrático (aunque probadamente fraudulento en lo institucional) originado en el Pacto Ortega-Alemán y Ortega-Iglesia. Tiene un sentido histórico-político inverso a las guarimbas [dadas en Venezuela], aunque no sea ni pretenda ser revolucionario. Endilgarle ese calificativo es parte del fraude propagandístico orteguista”.
Si durante los 11 años de gobierno de Ortega-Murillo todo estuvo “tranquilo”, si el gobierno de Estados Unidos no disparó a matar como sí lo hizo con todos los experimentos progresistas de Latinoamérica, eso abre interrogantes. ¿Qué pasó ahora que se rompió el pacto del Gobierno con los sectores empresariales, con la Iglesia católica, con Washington?
No está claro. Podría pensarse que la construcción del Gran Canal Interoceánico por parte de capitales chinos, o la estación de investigación electrónica rusa instalada en Managua, son un peligro para la geoestrategia de Washington. ¿Todo esto es la reacción a ese “atrevimiento” de Ortega? En el patio trasero de la gran potencia nadie puede osar instalar bases militares chinas y/o rusas. ¿Esta sería la causa?
Quedarse con la idea que todo lo que se está viviendo en el país es solamente una nueva “revolución de colores” no alcanza. El orteguismo no es, precisamente, un gobierno revolucionario: es la expresión de esta nueva burocracia empresarial surgida de la lejana Revolución Sandinista, donde la figura de Daniel Ortega se consolidó como líder absoluto sacándose de encima cualquier atisbo de crítica. Y de principios revolucionarios, de socialismo, de transformación radical de la sociedad a manos de obreros y campesinos… ¡nada!
¿Hay que defender o no este proceso entonces? Difícil disyuntiva. Por supuesto que el imperio no tolera afrentas, e incluso gobiernos redistributivos de “capitalismo con rostro humano” son su enemigo. En ese sentido, si cae Ortega podrá venir un gobierno absolutamente neoliberal, suspendiendo la presencia chino-rusa en Nicaragua. Pero la situación actual en la patria de Sandino ¿es una revolución? ¿Se trata entonces de defender lo “menos malo”? Un canal construido por los chinos ¿es un avance para el campo popular?
La sublevación actual de la sociedad, quizá mezcla de activistas pagados por la CIA y reacción espontánea ante el nepotismo autoritario de un ex socialista (acusado de violador, por cierto), de momento está trayendo sólo muertos, siempre pobres, siempre del campo popular. No hay organización alternativa, no hay proyecto superador. Los ideales revolucionarios están guardados por ahora, y los líderes históricos que se salieron (o fueron sacados) de la estructura sandinista hoy día son marginales.
Es cierto que la propaganda de la derecha ya puso a Ortega como “villano de la película”, igual que en su momento Chávez, o Gadafi, o Sadam Husein. El guión ya está escrito. Sumarse a las voces de la derecha, a la prensa comercial, a los lacayos de Washington que vociferan contra la “barbarie” en marcha, es un error. Defender un gobierno empresarial que pactó con el enemigo de clase, también.
¿Quién saldrá beneficiado de todo esto? El “pobrerío” seguramente no. No hay condiciones para una real y profunda sublevación popular como la de 1979. Entonces… ¿otra vez gana el imperio?

domenica 8 luglio 2018

MEDICINA «CLASSICA» VS MEDICINA NON CONVENZIONALE: UN DIALOGO INTERROTTO DA LOBBY E DISINFORMAZIONE, di Giorgio Albani (medico e omeopata)

Il dottor Giorgio Albani è autore di alcune delle schede inserite nell’Archivio di Utopia Rossa dedicato alla psicopatologia politica. [la Redazione]

Mi sono formato alla medicina negli anni ‘80. È stato un periodo piuttosto contraddittorio. L’economia, in seguito alla crisi di metà anni ‘70 e dopo gli anni di piombo, aveva riacquistato vigore, ma il boom economico era ormai lontano. L’apparente ripresa, va detto, si basava anche su rapporti oscuri fra imprenditoria, politica e istituzioni. Con l’inchiesta di «Mani pulite» sarebbe emerso il calderone di corruzione su cui era basato l’intero sistema.
In qualche modo si arrivò comunque agli anni ‘90, in cui, tuttavia, sul piano della ricerca medica, della buona salute e dell’igiene di vita furono compiuti notevoli progressi. L’industria farmaceutica aveva già stretti legami economici con la sanità ed era in grado di condizionare il mercato. Ricordo ancora il periodo in cui venivano regalati televisori e perfino automobili ai medici che prescrivevano con compiacenza.
Nell’epoca di De Lorenzo e Poggiolini, dagli atti processuali emersero chiaramente livelli insospettabili di corruzione fra industria del farmaco, politica e istituzioni. Ben noto è pure l’episodio di offerta di denaro da parte di una lobby farmaceutica all’onorevole Tina Anselmi - che ella stessa denunciò - affinché ritirasse un decreto che avrebbe eliminato dal commercio alcuni farmaci totalmente inutili e assai dispendiosi. Poco tempo dopo, ad opera di ignoti, la macchina di Anselmi saltò in aria, lasciandola miracolosamente incolume.
Nonostante ciò, tirando una buona economia, le lobby farmaceutiche non avevano ancora preso di mira le medicine non convenzionali. Più tardi, in periodo di vacche magre, qualcuno pensò bene che queste potessero sottrarre delle fette di mercato e cominciò l’attacco. In quegli anni, però, fu possibile instaurare un dialogo virtuoso e nacquero progetti di ricerca che permisero una vasta espansione delle medicine non convenzionali e forme di integrazione di vario genere con la medicina «classica».
Le medicine non convenzionali parlavano di un’idea diversa della malattia e della buona salute. Per la prima volta portavano al centro del problema il dibattito sugli stili di vita. Permettevano di curare con princìpi efficaci e a basso impatto. In un clima di entusiasmo e collaborazione si organizzavano incontri con i cittadini e con il personale sanitario per scambiare idee e ampliare la consapevolezza collettiva sulla questione della salute.
L’apertura mentale di quell’epoca permise di stabilire relazioni con istituti di medicina tradizionale cinese e di far partire negli ospedali la pratica dell’agopuntura. Praticamente in tutta Italia aprirono centri dedicati, con soddisfazione di cittadini e medici. Sì approfondì pure la conoscenza della medicina ayurvedica e dei suoi princìpi.
Iniziò la collaborazione fra la fisioterapia tradizionale e le figure dei posturologi e dei chiropratici (manipolatori vertebrali). Il risultato fu una riduzione drastica degli interventi chirurgici (quelli per le ernie discali erano materia ordinaria) e dell’uso di farmaci antinfiammatori e antidolorifici. Anche la fitoterapia entrò nei laboratori di ricerca e fece progressi. Diversi medici cominciarono a prescriverla per varie patologie.
La regina delle medicine non convenzionali era senza dubbio quella omeopatica, la seconda medicina degli europei. Numerose università ospitarono congressi di medicina omeopatica. Furono istituiti corsi e master per medici e farmacisti. Il ministero della Sanità, l’Istituto superiore di sanità e altre istituzioni addette alla salute si mostrarono decisamente propositive nell’adozione di nuove forme di terapia non convenzionale.
Del resto l’Organizzazione mondiale della sanità stimolava da tempo i vari governi ad operare forme di integrazione virtuose fra la medicina «classica» e le medicine non convenzionali. Ove ciò avvenne si registrarono miglioramenti nella salute dei pazienti e una riduzione delle spese sanitarie. Le agenzie assicurative, sempre attente ai fenomeni sociali, proponevano polizze sanitarie a minor costo a tutti coloro che dimostravano di servirsi anche di pratiche di medicina non convenzionale. Sui loro tavoli erano giunte statistiche che dimostravano che chi ne faceva uso aveva una salute migliore. Proprio in quel periodo si raggiunse una forte consapevolezza dell’esistenza di una medicina unica e integrata che poteva comprendere medicina tradizionale e medicine non convenzionali.
Oggi l’Istituto superiore di sanità è uno dei principali nemici dell’omeopatia. Nel 2009, invece, pubblicava studi sull’utilizzo delle medicine non convenzionali per la cura dei bambini iperattivi, omeopatia inclusa… (Cfr. Pietro Panei-Andrea Geraci, «Il Disturbo da deficit attentivo con iperattività (Adhd): terapie classiche e complementari», in Notiziario dell’Iss, vol. 22, n. 1, pp. 11-15.)
Tutta la società civile di quegli anni (‘80-‘90 e oltre), pertanto, era ben disposta verso le medicine non convenzionali e il livello di consapevolezza che portavano con sé. Aiutarono a capire l’importanza della prevenzione intesa in senso proprio. Si cominciò a parlare di intolleranze alimentari, di diete di detossificazione, di pratiche e attività fisiche finalizzate al miglioramento delle funzioni corporee, al rilassamento e al recupero della salute.
Nacque un nuovo interesse per lo yoga ed emersero metodi efficaci come l’Alexander, il Pilates, il Feldenkrais e altri. Niente a che vedere con il superficiale pensiero new age, che imperversava negli Stati Uniti come residuo del pensiero hippie ma che lasciò indenne la vecchia Europa, ben più profonda e concreta. Si condussero pertanto studi approfonditi sulle reali possibilità terapeutiche offerte da ciascun metodo.
Scienziati come il biologo di formazione Jon Kabat-Zinn studiarono alla risonanza magnetica encefalica e alla elettroencefalografia i cambiamenti indotti nell’encefalo dalla pratica della meditazione (pur in assenza di riferimenti religiosi), facendo scoperte interessantissime. Nei meditanti si attivavano in risonanza magnetica delle aree del cervello che gestiscono il controllo neuroendocrino e la stabilità del tono dell’umore. La pratica fu utilizzata con successo nella cura degli stati depressivi e di altre problematiche psichiatriche, in associazione con cure di medicina «classica», ottenendo un miglioramento della salute dei pazienti, una loro migliore stabilità nel tempo e una riduzione nell’uso dei farmaci. A parte la digressione sulla meditazione, che può essere considerata una cosa a sé stante, le medicine non convenzionali - omeopatia in primis - studiate seriamente nei laboratori di ricerca dimostrarono le loro potenzialità.
Le medicine non convenzionali ebbero il merito di portare al centro del dibattito la salute. A quel tempo era un piacere parlare con le persone, perché tutte erano profondamente informate e consapevoli. E gli organi di comunicazione di massa contribuirono a diffondere questa cultura attraverso un atteggiamento aperto, tollerante e razionale. In certi casi non mancava di spirito critico, ma non c’era preconcetto.
Oggi cosa è rimasto di tutto questo? Non molto, purtroppo. La grande crisi economica che ha coinvolto pure l’industria del farmaco ha messo quest’ultima nella condizione di costruire una battaglia senza quartiere contro tutte quelle pratiche terapeutiche di buona salute colpevoli di toglierle fette di mercato e insidiarne i profitti. Ciò ha finito per influenzare la politica, i vari potentati economici e i settori della ricerca sanitaria, fortemente condizionata in quanto basata essenzialmente sui proventi dell’industria farmaceutica.
La maggior parte della stampa, infine, ha subìto analogo condizionamento. Alcuni amici giornalisti mi hanno serenamente rivelato di non poter parlare in senso positivo delle medicine non convenzionali, pena la perdita del lavoro. Questo è il motivo per cui oggi ci sono ben poche trasmissioni che ne parlano favorevolmente. Le recenti puntate di Presa Diretta e di Piazza Pulita riguardanti la medicina omeopatica sono prova di giornalismo pessimo e a senso unico. È buon giornalismo quello che per ogni argomento permette di accedere a più punti di vista, consentendo agli spettatori di assumere decisioni libere, indipendenti e non condizionate. A quest’ultimo riguardo invito a vedere un programma trasmesso il 1º luglio scorso da Rai 1.
Di fatto, grazie al clima di ostilità che è stato creato anche con il contributo colpevole dei media, chiunque si serva di medicine non convenzionali o di mezzi terapeutici non graditi all’apparato è visto come una sorta di eretico e/o oscurantista. Pertanto la società è stata condotta, per condizionamento, a una regressione che ha fatto perdere ai cittadini molte possibilità di gestire efficacemente la propria salute, riportando la consapevolezza, le libertà personali e il pensiero a una dimensione di antica chiusura. Si può dire che i progressi conquistati dagli anni ‘60 in poi siano andati perduti.
Sono all’ordine del giorno l’intimidazione indiscriminata, l’uso aggressivo di provvedimenti legislativi di interdizione e la minaccia di togliere la patria potestà a genitori che si servono ANCHE di mezzi non convenzionali per la cura dei propri figli. Siamo davvero felici del livello sociale cui siamo giunti?

Concludo questa breve pezzo con una nota positiva. Nelle ultime settimane sono tornati a comparire sulla stampa, assieme ai soliti attacchi alle medicine non convenzionali, articoli più equi, aperti e razionali sulla questione. Che stia veramente cambiando qualcosa?

giovedì 5 luglio 2018

TRABAJO PSICOLÓGICO EN EXHUMACIONES: UNA LECTURA PSICOANALÍTICA EN TIERRAS MAYAS, por Marcelo Colussi

© EFE
Consideraciones preliminares

Es necesario hacer un par de consideraciones iniciales para poder hablar de las exhumaciones y del trabajo psicológico que se realiza en ellas. Sin esas precisiones, se corre el riesgo de no poder transmitir correctamente la complejidad del fenómeno en juego.
Comencemos diciendo que en el Occidente moderno, desde el Renacimiento en adelante, marcándose más aún con la revolución industrial dieciochesca, la idea de ciencia vino a destronar, en buena medida pero no totalmente, a la religión. El sufrimiento espiritual (lo que hoy día podría entenderse como una parte del objeto de la ciencia psicológica) también pasó a formar parte del universo de la investigación académica. Pero con el mal comienzo de estar concebido desde la ideología taxonómica imperante, tomando como referente el modelo de la descripción biológica. De ahí que el dolor moral –el malestar– pasó rápidamente a ser “enfermedad mental”, psiquiatrizándose desde su momento inaugural.
La psiquiatría manicomial fue la respuesta al “trastorno” psíquico, estableciéndose desde ahí (fines del siglo XVIII) la figura del médico psiquiatra (el alienista), del hospital para locos –el “loquero”– y del padecimiento espiritual como discordante, como anormal. Inicio que dejó una marca a fuego, imborrable ahora, por la que se liga indisolublemente salud mental con su par antitético: enfermedad mental, locura.
No fue sino hasta el siglo XX que se abrió una pregunta con intención científica respecto de la subjetividad, del dolor psíquico, del sufrimiento humano en sentido amplio, intentando ir más allá de la descripción y el enjuiciamiento quasi moral que la visión psiquiátrico-positivista implicaba. Es ahí cuando nace el psicoanálisis.
Con todo esto queremos decir que siempre han existido mecanismos para afrontar el sufrimiento subjetivo, el malestar “espiritual”. Sacerdotes, guías espirituales, shamanes o psicólogos –con distintos proyectos, con distintas metodologías– han dado respuestas a estos temas tan recurrentes, eternos entre los humanos. ¿Cuál es la mejor respuesta? Desde ya, así formulada, la pregunta es absolutamente inválida. Todas las ofertas dan alguna respuesta: por eso subsisten, por eso son buscadas como posibles opciones. Y las respuestas siguen multiplicándose al día de hoy, pudiéndose agregar libros de autoayuda, las más rebuscadas “técnicas” de “superación personal”, consejerías varias, a lo que deben sumarse los evasivos de siempre: alcohol etílico (en sus interminables presentaciones) y psicotrópicos (desde plantas naturales a las más sofisticadas drogas químicas actuales).
Ahora bien: los mecanismos de resolución individual de este tipo de problemáticas son bastante más comunes en la cosmovisión occidental moderna, donde la subjetividad se afirma, desde el cogito cartesiano en adelante, como condición del desarrollo del capitalismo. El “yo” ha destronado al “nosotros”, cosa que no sucede en otras culturas. Entre los pueblos mayas, definitivamente la concepción dominante de la vida es comunitaria, todo se juega en el ámbito de lo colectivo.
Las ciencias occidentales modernas (hoy día paradigma obligado de todas las ciencias, prototipo globalizado del saber riguroso) formulan conceptos que pretenden tener validez y efectividad práctica universalmente. En las ciencias naturales nadie pondría en tela de juicio la validez general de sus conceptos. En Alemania, en la Amazonia o en el Tíbet la conceptualización, por ejemplo, de los átomos puede hacerse desde los mismos parámetros científicos. Y también las reacciones físico-químicas de los habitantes de esas áreas: sus mecanismos respiratorios, sus procesos neurofisiológicos o excretorios, aquellos sustratos químicos que se activan con el miedo, o con el amor. El problema se plantea cuando lo que está en juego son los objetos de las ciencias sociales, que implican un compromiso personal del científico en juego, donde aparecen el poder y el deseo: allí la neutralidad queda en entredicho. Se abre entonces un interrogante epistemológico: si las ciencias naturales son universales, ¿no lo son también las sociales? Los conceptos que formula la psicología (insistamos: los conceptos, no las técnicas de intervención) ¿no se aplican igualmente a alemanes, amazónicos y tibetanos? ¿O habrá que pensar que funciona distintamente el psiquismo de cada una de estas personas?
Para decirlo muy rápidamente con algunos ejemplos: la repetición de las religiones –distintas cada una de ellas, pero religiones al fin– debe entenderse desde los mismos parámetros universales: temor a lo desconocido, necesidad de satisfacción espiritual, esquemas que organicen la vida socialmente en tanto axiologías. El síndrome de estrés postraumático, nombre con que, según la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud de la Organización Mundial de la Salud, se conocen los cuadros clínicos con que nos encontramos a diario en la población afectada por la violencia de la guerra y cuyos familiares son exhumados, es una formación que se repite allende las culturas. Ante pérdidas grandes, ante catástrofes inmanejables o ante la posibilidad real de la muerte, todos los humanos reaccionamos más o menos igual, independientemente que esas reacciones estén tamizadas por el tejido cultural.
En tal sentido, se puede hacer una lectura científica del sufrimiento experimentado por cualquier persona que ha sido víctima en la guerra, encontrándose siempre el mismo esquema: “una experiencia vivida que aporta, en poco tiempo, un aumento tan grande de excitación a la vida psíquica, que fracasa su liquidación o elaboración por los medios normales y habituales, lo que inevitablemente da lugar a transtornos duraderos en el funcionamiento” (según lo formulara Freud en sus “Lecciones introductorias al psicoanálisis”, de 1915-1917). Ello –la experiencia lo demuestra– se da siempre con más o menos similares características en cualquier latitud. De aquí que la Clasificación Internacional de Enfermedades antes aludida (CIE-10 de la OMS) puede encontrar regularidad en la sintomatología concomitante en cualquier lugar que el mismo se produzca:

Episodios reiterados de volver a vivenciar el trauma en forma de reviviscencias o sueños.
Sensación de “entumecimiento” y embotamiento emocional, de despego de los demás, de falta de capacidad de respuesta al medio, de anhedonia y de evitación de actividades y situaciones evocadoras del trauma. Suelen temerse e incluso evitarse las situaciones que sugieren o recuerdan al trauma.
Estado de hiperactividad vegetativa con hipervigilancia, incremento en la reacción de sobresalto e insomnio.
Los síntomas se acompañan de ansiedad y depresión y no son raras las ideaciones suicidas.

La población maya de Guatemala lleva más de 500 años sufriendo hondamente, a partir de la conquista española (o primer genocidio). En estas últimas décadas ese dolor se vio cruelmente incrementado, a partir de la guerra interna en la que se vio implicada (segundo genocidio). La cosmovisión maya, que en sí misma es una concepción místico-espiritual de la vida –y de la muerte–, ha sido el mecanismo de protección que permitió sobrevivir a los pueblos originarios. El no haber perdido su identidad histórica, el haber podido conservar su cultura, su espiritualidad, todo eso funcionó como colchón para aminorar los efectos de tan grandes y masivos ataques externos.
Finalmente, como parte de esta introducción necesaria para situarnos en lo que seguirá, y siguiendo una vez más a Freud en su “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), es necesario tener claro que “en la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, «el otro», como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado”. Con ello se pretende ir más allá de la cuestionable (y artificial, incluso indefendible) dicotomía de “psicología social” y “psicología individual”. De hecho (¿lamentablemente, podría agregarse?) esa diferencia continúa manteniéndose entre los trabajadores de salud mental, muchas veces encontrándose más diferencias que cercanías entre quienes se dicen “psicólogos sociales” y (o versus) “psicólogos clínicos”. Ello complica la práctica más que facilitarla. En realidad –permítasenos como una última consideración previa– esa cuestionable división esconde algo que sí, en realidad, es una diferencia: la posición ideológico-política del trabajador, del sujeto de carne y hueso concreto que ejerce una determinada práctica.
Un psicólogo, un trabajador de salud mental puede trabajar en función de mantener el statu quo, o de transformarlo. Eso está en su proyecto ético-político. El aparato conceptual con que orienta su práctica no es, en sentido estricto, ni de izquierda ni de derecha. En todo caso, apelando a esa falsa diferenciación apuntada, si labora para no cuestionar nada de lo establecido no es por hacer “clínica individual”; por lo tanto, quien se dedica a lo “social” es un revolucionario por el solo hecho de salir del consultorio y moverse en un espacio público. El compromiso social (político, ideológico) está en el proyecto en función del cual cada quien trabaja. Se puede ser totalmente antisistémico, subversivo y alternativo con lo constituido, tanto desde un aula de clases, desde un consultorio –con o sin diván psicoanalítico– o produciendo un material cultural, y no por atender un grupo en una comunidad (con una camisa con la imagen del Che Guevara, podría agregarse provocativamente). Los grupos neoevangélicos que pululan cada vez más en las comunidades empobrecidas, urbanas y rurales, tanto de Guatemala como de toda América Latina, van al barrio, a la aldea (¡y vaya si van! ¡Las inundan!). ¿Tiene “compromiso social” por eso? ¿Para qué se va a una comunidad? Ahí está la clave.
Hay en todo eso un equívoco que debe despejarse claramente, para no identificar psicología social con supuesta propuesta de izquierda: la ingeniería humana, por ejemplo, desarrollada por la tradición estadounidense, es una cabal demostración de lo que pueden ser las técnicas de manipulación social, del trabajo con grupos, con grandes colectivos. El estadounidense Steven Metz, para graficarlo con algún ejemplo, dice sin ambages en qué consiste esta pretendida psicología social: “[Se] busca generar un impacto psicológico de magnitud, tal como un shock o una confusión, que afecte la iniciativa, la libertad de acción o los deseos del oponente”. O, complementando esa noción de intervenciones psicológicas masivas: “En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marca la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”, según lo dicho por el ideólogo polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski. En síntesis: no por ser supuestamente “social” una intervención conlleva toques de contestación, de alternatividad. La pretendida diferencia entre estas psicologías puede llevar a callejones sin salida, más centradas en prejuicios que en aproximaciones críticas a la realidad.

Sanando el dolor en Guatemala

En Guatemala se desarrolló la segunda guerra interna más prolongada de Latinoamérica durante el siglo XX (36 años de duración, desde 1960 a 1996), y sin dudas la más cruenta. Ella fue consecuencia de una asimetría histórica que al día de hoy no ha cambiado, lo cual coloca al país como uno de los más desiguales de toda la región, con grados de explotación y exclusión social monumentales, y un 60% de su población bajo el límite de la pobreza. A ello se amarra un racismo histórico que recorre toda la sociedad, donde ser “indio” es sinónimo casi automático de exclusión, todo lo cual se articuló, finalmente, con la Guerra Fría librada por las entonces dos grandes superpotencias, guerra que en Guatemala se vivió como “muy caliente”. Las armas y las estrategias venían de estos dos grandes bloques de poder; los muertos y heridos los ponían los guatemaltecos, fundamentalmente los pobres, y más aún los campesinos mayas, los más pobres y excluidos de toda la población.
Dicha guerra civil (o “conflicto armado interno”, como eufemísticamente se le llama para quitarle responsabilidad al Estado –que reprimió a través de sus cuerpos de seguridad: ejército, policía y fuerzas paramilitares–, presentando estas acciones como “choques” o “enfrentamientos” pero no como lo que en verdad son: crímenes de guerra) tuvo como grandes contendientes, por un lado, a la oligarquía nacional con su ejército y al proyecto hegemónico estadounidense (custodiando su “patio trasero”), y por otro, a la guerrilla de izquierda, que tenía como base social, en muy buena medida, a la población maya.
Según los informes aportados tanto por la instancia de Naciones Unidas específicamente creada para documentar esos hechos, la Comisión para el Esclarecimiento Histórico –CEH–, como por el Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica –REMHI– de la Iglesia Católica, los datos hablan de no menos de 200,000 muertos, 45,000 personas desaparecidas, 100,000 desplazados fuera del país, un millón de desplazados internos y más de 600 masacres de tierra arrasada, ocurridas todas en el Altiplano Occidental, región maya por excelencia, donde tuvo su base social el movimiento armado revolucionario.

venerdì 22 giugno 2018

« LA PRATICA DELL’AUTOGESTIONE », GUIDO CANDELA & ANTONIO SENTA, par Michel Antony

Elèuthera, 2017
Cet ouvrage de deux chercheurs italiens, l’économiste Guido CANDELA (né en 1943) et le sociologue et historien Antonio SENTA (né en 1980), est publié dans la prestigieuse maison libertaire milanaise Elèuthera (terme qui vient du grec et qui signifie « libre »). Milan est un foyer très actif de l’anarchisme et du néo-anarchisme contemporain depuis les années 1960 : s’y sont développées des expériences de « radios libres », de revues (Interrogations, Libertaria, A-Rivista Anarchica depuis 1971…), de maisons d’édition (Antistato et Elèuthera, coopérative depuis 1986…), des groupes militants politiques et culturels comme celui du Ponte della Ghisolfa ou ceux de la FAI et du vieil organe Umanità Nova, des centres comme le CSL Pinelli (du nom de Giuseppe Pinelli, mort lors d’un dur interrogatoire de police) et son très précieux Bollettino, des squats et autres centres sociaux et culturels… Dès le début, ces groupes, centres ou associations se posent le problème de la communication, propagandiste certes, mais ouverte et plurielle, sans dogmatisme anarchiste, d’où une vraie et imposante floraison. Des centaines de titres d’ouvrages et des milliers de revues permettent une belle diffusion des pensées antiautoritaires et acrates, mais pas forcément uniquement anarchistes ou anarchisantes, loin de là. Un des principaux animateurs de la mouvance milanaise, Amedeo BERTOLO (1941-2016), vient de disparaître. Une publication récente d’une partie de ses textes sort aux éditions ACL de Lyon.

L’ouvrage est intéressant sur plusieurs plans car il quitte souvent les sentiers battus par les autres livres portant sur l’autogestion :

1- C’est d’abord l’occasion de faire le point sur les anarchistes et l’autogestion et rendre un bel hommage aux mouvements anarchistes dans la proposition, la diffusion et les expérimentations diversifiées de ce concept ; s’ils n’en sont pas les seuls inventeurs, ils en sont assurément parmi les plus anciens et surtout parmi les plus fidèles promoteurs. Le livre rappelle ce qu’est l’autogestion (ou l’autogouvernement, l’autoadministration…) pour les anarchismes, une sorte de synonyme d’anarchie ou une pratique approchant l’anarchisme et permettant de l’expérimenter. Pour les anarchistes, l’autogestion ne peut-être que globale ou généralisée, hors et contre l’État (au sens de structure autoritaire et dominatrice), et toucher tous les aspects de la vie : culturels, économiques, politiques, administratifs… En ce sens général de l’autogestion, l’anarchisme (et peut-être aussi dans une moindre mesure, le conseillisme) est la mouvance la plus en symbiose avec ce qui est tout à la fois un moyen de lutte, une forme communautaire expérimentale, une pratique sociale autonome et un projet utopique acrate.

2- Cette vision intégrale n’empêche pas de se poser la question centrale du type d’économie – forcément collective (la rationalité du nous l’emportant sur la rationalité du moi, formule qui revient souvent dans l’ouvrage) et sociale – à mettre en jeu. Là, le livre innove en présentant les similitudes ou les convergences avec des modèles proches de la société anarchiste ou autogestionnaire rêvée qu’on peut résumer ainsi : libre fédération de communes ou d’entités libres, et toutes autogérées, reposant sur l’adhésion volontaire de leurs membres. Sont ainsi envisagées l’Économie des biens communs (et celle des Communs), l’Économie des biens et services publics, l’Économie civile, l’Économie du partage (supérieure à l’Économie du don dans le sens maussien – Marcel MAUSS 1872-1950 – parce qu’elle insiste sur la réciprocité obligée), l’Économie de la décroissance, l’Économie du socialisme revisité… et à chaque fois, et c’est nouveau pour un livre libertaire, avec le souci de se poser la question de « l’efficience » des choix opérés, donc en utilisant un de ces concepts qui sont massivement choisis par les technocraties et autocraties pour justifier les sociétés inégalitaires et autoritaires qu’ils servent, et qui gonflent les novlangues si omniprésentes de nos jours.

3- Si le collectif l’emporte, si l’altruisme est supérieur à l’égoïsme, si l’empathie empêche l’isolement, nous ne sommes pas cependant devant un rejet pur et simple du stirnérisme, puisque Max STIRNER lui-même reconnaissait – ce qui est méconnu par les contempteurs de l’individualisme anarchiste – dans L’Unique et sa propriété (1844) que les égoïstes pouvaient se réunir ponctuellement en association de pairs pour s’autogouverner.
Cet altruisme indispensable pour les auteurs du livre revivifie les vieilles pensées mutualistes. Pourtant l’anglais William GODWIN (premier grand théoricien de l’anarchisme, compagnon de la féministe Mary WOLLSTONECRAFT et père de Mary SHELLEY), le français Pierre-Joseph PROUDHON et les étasuniens Josiah WARREN et William Batchelder GREENE ne sont pourtant que peu ou pas cités. L’autre source ancienne se rattache à l’idée communautaire de l’appui mutuel, à l’entraide ou solidarité, toutes formulations chères au russe Pierre KROPOTKINE et à l’allemand Gustav LANDAUER, dont l’héritage a largement été assumé par Martin BUBER. Le syndicalisme révolutionnaire ou d’action directe et sa partie anarcho-syndicaliste me semblent cependant très peu développée par rapport à leur importance historique et à leurs diverses formulations autogestionnaires, même si le plus intéressant et le plus étendu mouvement autogestionnaire par en bas – l’Espagne de 1936 – et le poids novateur de la CNT d’alors (le communisme libertaire adopté à son Congrès de Saragosse de mai 1936 est sans doute une des formulations les plus complètes de l’autogestion) sont un peu évoqués.
Cet essai redonne sens aux concepts incontournables pour la mise en application de l’utopie anarchiste que sont la proximité et un localisme qui n’est pas un cloisonnement, la réciprocité et le partage. L’homo reciprocans (belle formule) souhaité l’emporte sur l’homo oeconomicus actuel et gangrené par l’individualisme de nos économies marchandes.

4- La validité de l’autogestion se fonde donc sur une victoire a posteriori de KROPOTKINE (entraide et coopération) sur le néodarwinisme social (lutte pour la vie et triomphe des meilleurs ou des plus aptes). La démonstration en est faite par l’analyse d’essais historiques (coopératives, communes, milieux libres, aires autogouvernées du Chiapas maya et du Rojava kurde) et surtout, chose rare également, par le recours aux théories et essais de l’Économie expérimentale et des jeux de rôle ou de fonction qu’elle utilise sur des échantillons assez représentatifs. La démonstration est ici patente : si l’égoïsme, l’autoritarisme, la hiérarchie et le conflit sont bien présents dans l’humain et les sociétés actuelles… la solidarité, la coopération et la bienveillance le sont tout autant. De plus ces positions sont rarement figées ou absolues, et souvent adaptées au contexte, et donc conditionnelles.
Bref rien n’est figé ni acquis une fois pour toute, mais la pertinence évidente des pratiques de l’autogestion et/ou de l’anarchie (dans ce livre observées froidement, scientifiquement) devrait inciter à tenter plus d’expérimentations, dans le respect du pluralisme et de la dignité de ses composantes, avec modestie, c’est-à-dire en acceptant les évolutions et les remises en cause par les principaux intéressés.
L’analyse scientifique renforce ici ce que la très riche école anarchiste italienne exprimait dès la première moitié du XXº siècle avec Errico MALATESTA, Luigi FABBRI et le philosophe Camillo BERNERI : le droit à l’expérimentation libre et variée, sans dogmatisme, avec une tolérance qu’on a bien oubliée depuis dans la vie théorique et militante. Il s’agit donc, dans la cohérence entre moyens et fins, de proposer une société alternative libertaire et autogérée avec des méthodes et des pratiques qui le sont également.

domenica 10 giugno 2018

LA DIPLOMAZIA COMPETITIVA DELL’AMMINISTRAZIONE TRUMP: LE QUESTIONI DELL’ONU E DELLA NATO, di Michele Nobile

INDICE: 1. Il problema della diplomazia competitiva - 2. La diplomazia competitiva, l’Organizzazione delle Nazioni Unite e il Consiglio di sicurezza dell’Onu - 3. La diplomazia competitiva nell’Organizzazione del Trattato dell’Atlantico del Nord (Nato) - 4. Motivi e contraddizioni di una politica estera pseudopopulista

© Jim Lo Scalzo
1. Il problema della diplomazia competitiva
La diplomazia di George W. Bush voleva essere «trasformativa», cioè volta a costruire e sostenere Stati democratici in collaborazione con «molti partner internazionali»1. In altri termini, l’esportazione a mano armata della «democrazia» presupponeva la capacità e la volontà di costruire alleanze variabili e su misura dell’intervento militare. Non foss’altro che, al fine di una parziale legittimazione politica, anche l’azione militare unilaterale e al di fuori di un mandato del Consiglio di sicurezza delle Nazioni Unite doveva combinarsi con il multilateralismo. Senza mai escludere l’azione unilaterale - «se necessario» - in modo simile all’amministrazione Clinton quella di Obama enfatizzò la cooperazione multilaterale e nelle istituzioni internazionali.
In cosa si differenzia l’amministrazione Trump dalle altre?
Uno dei suoi tratti è l’idea della rinascita della competizione geopolitica con la Russia e di quella economica con la Cina, oltre alla critica della teoria della «pace democratica». Tuttavia, ciò va relativizzato.
Con l’esplodere della guerra civile in Ucraina e l’annessione della Crimea da parte della Russia, un altro Presidente avrebbe usato un linguaggio diverso, ma comunque le potenze occidentali non avrebbero potuto accettare supinamente la ricostituzione di una propria sfera d’influenza nell’area europea ex sovietica da parte del Governo russo (il discorso è parzialmente diverso per gli Stati ex sovietici dell’Asia centrale: si veda oltre). E infatti, la principale critica al candidato Trump era, appunto, quella di essere a dir poco accomodante nei confronti di Putin. D’altra parte, con il pivot verso l’Asia e il lancio del Trans-Pacific Partnership (Tpp), l’amministrazione Obama aveva già iniziato a fare i conti con la politica estera e con la Cina.
Un altro e più specifico tratto della politica estera dell’amministrazione Trump è la competitive diplomacy o «diplomazia competitiva». Ora, si può ben dire che questa sia una nuova formula per una verità antica, ovvero che competizione geopolitica e ricerca di vantaggi economici siano sempre presenti nella politica estera di una grande potenza. Tuttavia, esistono diversi modi di applicare questo principio: è quindi necessario uscire dalle formule generiche ed entrare nel merito. In breve, ritengo che la peculiarità della politica estera statunitense come si è realmente definita nel primo periodo di questa Amministrazione consista nell’estensione della competizione allo stesso tempo sia verso Cina e Russia, sia - con un ovvio distinguo dei metodi - verso gli alleati; sia nella politica economica internazionale, sia in quella della sicurezza nazionale. Questa politica estera è l’espressione di un particolare pseudopopulismo nella politica interna e possiede sue particolari contraddizioni.
In questo articolo metto a fuoco gli effetti della competitive diplomacy in relazione all’Organizzazione delle Nazioni Unite e alla Nato; in un secondo pezzo mi occuperò della politica economica internazionale - in particolare verso la Cina e gli alleati europei - e tenterò una sintesi delle relazioni fra politica estera e politica interna.

2. La diplomazia competitiva, l’Organizzazione delle Nazioni Unite e il Consiglio di sicurezza dell’Onu
La National Security Strategy del dicembre 2017 (NSS 2017) riconosce la storica importanza del contributo degli Stati Uniti alla costruzione delle istituzioni dell’ordine internazionale nel secondo dopoguerra e, in particolare, che essi «hanno guidato la creazione di un gruppo di istituzioni finanziarie e altri forum economici che stabilirono regole eque e costruirono strumenti per stabilizzare l’economia internazionale, rimuovendo i motivi d’attrito che avevano contribuito all’esplodere delle due guerre mondiali»2. E nel presente, l’Amministrazione dichiara d’impegnarsi a svolgere il ruolo di leader - non di ritirarsi - negli accordi e nelle istituzioni «che modellano molte delle regole che riguardano gli interessi e i valori degli Stati Uniti»3.
Questi sono i parametri fondamentali della politica estera di qualsiasi amministrazione statunitense - qualcosa che dovrebbe esser dato per ovvio - che qui sono ritualmente ribaditi. Il problema dunque non è il presunto e impossibile isolazionismo degli Stati Uniti. La problematicità della politica estera dell’amministrazione Trump relativamente alle alleanze e alle istituzioni internazionali si pone su un altro piano.
Innanzitutto, ricordo che nel XXI secolo la soglia per intraprendere un’azione militare preventiva da parte del governo degli Stati Uniti si è notevolmente abbassata. Non bisogna pensare soltanto a operazioni in grande stile come le invasioni dell’Afghanistan e dell’Iraq, ma pure ad azioni mirate su piccola scala, come la serie di attacchi eseguiti mediante l’uso di droni armati - anche al di fuori di zone in guerra. Per definizione, questo tipo d’azioni prescinde dal consenso del Consiglio di sicurezza dell’Onu e spesso anche da quello dello Stato in cui esse avvengono.
I Presidenti repubblicani hanno una lunga storia di polemiche nei confronti delle Nazioni Unite e delle numerose agenzie specializzate in cui si articola l’organizzazione, ad esempio intorno alle risoluzioni concernenti Israele, l’aborto, le regole d’ingaggio dei caschi blu e la non condanna di determinate violazioni dei diritti umani (per la Russia in Cecenia e per la Cina in Tibet). In concreto, ciò si è espresso nella minaccia o nel fatto di sospendere il contributo finanziario statunitense: per questo motivo, Obama saldò gli arretrati dovuti all’Onu ereditati da Bush figlio. Tuttavia, l’amministrazione Trump ha elevato notevolmente la qualità della critica alle Nazioni Unite. Nella NSS 2017 sembra che queste siano state snaturate: «gli attori autoritari hanno da tempo riconosciuto il potere degli organismi multilaterali e li hanno utilizzati per far avanzare i propri interessi e limitare la libertà dei propri cittadini»4; secondo l’attuale Amministrazione, in passato gli Stati Uniti hanno consentito l’utilizzo delle istituzioni internazionali contro gli interessi nazionali del Paese.
A parte il fatto che non si comprende - se non come capo d’accusa imputato alle suddette istituzioni - perché gli «attori autoritari» abbiano bisogno anche degli organismi multilaterali per opprimere i loro cittadini, da ciò consegue che, da una parte, gli Stati Uniti si impegnano internazionalisticamente nella guida delle istituzioni internazionali; dall’altra, riconosciuto che in queste istituzioni internazionali esiste una competition for influence, gli Stati Uniti proteggeranno nazionalisticamente la sovranità nordamericana e non cederanno «a coloro che rivendicano l’autorità sui cittadini americani e sono in conflitto con il nostro quadro costituzionale»5 - pare trattarsi di un riferimento alla Corte internazionale di giustizia dell’Aia.
L’impegno nelle istituzioni multilaterali si presenta del resto selettivo: «tuttavia, le istituzioni non sono tutte uguali. Gli Stati Uniti si impegneranno prioritariamente in quelle organizzazioni che servono gli interessi americani, per assicurarsi che si rafforzino e sostengano gli Stati Uniti, i nostri alleati e i nostri partner»6. Nella NSS 2017 le Nazioni Unite sono citate solamente due volte: la prima come riferimento storico, mentre nella seconda se ne auspica la riforma - non si tratta di una novità - affinché ritorni ai suoi princìpi fondativi. Per fare un confronto: nella NSS 2010 le Nazioni Unite erano citate almeno dieci volte. Lì si ammetteva le difficoltà delle istituzioni nate dopo la Seconda guerra mondiale di fronte alle inedite minacce, ma nelle NSS dell’amministrazione Obama l’«architettura internazionale» doveva essere difesa e rafforzata, negando alle «nazioni che sfidano le norme internazionali o che non rispettano le loro responsabilità sovrane gli incentivi che derivano da una maggiore integrazione e collaborazione con la comunità internazionale»7, non riducendo gli sforzi degli Stati Uniti in talune istituzioni. Obama faceva continuo riferimento a norme e a più vaghi standard internazionali validi anche per gli Usa; al contrario, la NSS 2017 si riferisce al diritto solo nei termini della law enforcement da parte del Governo nordamericano e del rispetto della rule of law all’interno degli altri Stati. Si dirà giustamente che la normalizzazione della guerra preventiva da parte delle amministrazioni di Bush Jr. e di Obama sia un colpo letale al diritto internazionale - non soltanto allo jus ad bellum, ma anche allo jus in bello - tuttavia la prospettiva apertamente nazionalistica dell’amministrazione Trump non solo rafforza il fatto esistente, ma lo estende ad altri campi della politica internazionale.
Nel bilancio presentato dall’Amministrazione al Congresso, ad inizio 2018, era chiaro l’intento di ridurre di circa un terzo i fondi per gli impegni internazionali di natura non militare. Particolarmente colpiti erano il finanziamento per United Nations Population Fund (Unfpa) e United Nations Children’s Fund (Unicef). Si tratta di agenzie la cui attività, per quanto complessivamente insufficiente, può fare comunque la differenza tra la vita e la morte: aiuti alimentari e sanitari, per i rifugiati, per i disastri, per l’istruzione, per il controllo delle nascite. In questo il Congresso non ha seguito l’Amministrazione, ma si sa che il problema si ripresenterà con il prossimo bilancio.
Consideriamo come esempio il bilancio dell’Unicef, che si occupa dell’assistenza umanitaria ai bambini. Nel 2016 le entrate totali furono di 4,8 miliardi di dollari, di cui 3,5 da interessi, servizi di approvvigionamento e altre fonti; il rimanente, classificato come «risorse regolari», conseguiva dal finanziamento da parte di governi e organizzazioni intergovernative e dalla raccolta di fondi da donatori privati e organizzazioni non governative. Nel complesso, 119 governi contribuirono al finanziamento dell’Unicef con 562 milioni di dollari, poco più del 10% delle entrate totali dell’agenzia e il 43% delle «risorse regolari»8. Il contributo più alto fu quello della Svezia con 132,5 milioni di dollari, seguita dagli Stati Uniti con 117. Per fare un paragone: il prezzo di un singolo caccia multiruolo F-35 varia a seconda della versione, del volume degli ordini e del momento, ma ora si aggira - più o meno - attorno ai cento milioni di dollari.
Ragioniamo ora sulla faccia militare delle Nazioni Unite: le missioni di mantenimento della pace (peacekeeping). Il costo complessivo di queste missioni è di 6,8 miliardi di dollari e l’amministrazione Trump intende ridurre il suo contributo finanziario dal 28 al 25% del totale: tuttavia, questo ammonta a circa lo 0,2% del bilancio del Dipartimento della Difesa. Si deve inoltre tener conto che, della forza complessiva di 104 mila persone (fra militari, agenti di polizia e civili) impegnate nel 2018 in 15 missioni, i contributi maggiori vengono dall’Etiopia (8.331), dal Bangladesh (7.007), dall’India (6.711) e dal Ruanda (6.548); dall’Italia 1.074, dalla Francia 835, dalla Germania 829 e dagli Stati Uniti 539. Di certo non sono i contributi ad agenzie e missioni sotto bandiera delle Nazioni Unite che alimentano il debito pubblico degli Usa, né quest’ultime comportano al momento che si versi il sangue di militari statunitensi più che di altri paesi.

3. La diplomazia competitiva nell’Organizzazione del Trattato dell’Atlantico del Nord (Nato)
Il candidato Trump suscitò un gran vespaio quando dichiarò:
«Penso che la Nato sia obsoleta. La Nato è stata fatta in un momento in cui c’era l’Unione Sovietica, che era ovviamente più grande, molto più grande della Russia odierna. Non sto dicendo che la Russia non sia una minaccia. Ma abbiamo altre minacce. Abbiamo la minaccia del terrorismo e la Nato non discute il terrorismo, la Nato non è destinata al terrorismo. La Nato non ha i Paesi giusti per combattere il terrorismo»10.
Nella National Security Strategy del presidente Trump si legge:
«Gli alleati e i partner sono una grande forza degli Stati Uniti. Ampliano direttamente le capacità politiche, economiche, militari, di intelligence e altre ancora degli Stati Uniti. Insieme, gli Stati Uniti, i nostri alleati e i nostri partner rappresentano oltre la metà del Pil globale. Nessuno dei nostri avversari ha coalizioni comparabili. Incoraggiamo coloro che vogliono unirsi alla nostra comunità di Stati democratici e migliorare le condizioni dei loro popoli»11.
Questa dichiarazione esprime l’ovvia ragione per cui le alleanze sono indispensabili alla maggiore potenza mondiale e dimostra l’assurdità di attribuire alla politica estera statunitense un carattere isolazionista. La NSS 2017, le dichiarazioni del presidente, del vicepresidente e del segretario della Difesa distruggono pure l’altrettanto assurdo timore - o la folle speranza - che gli Stati Uniti possano fare a meno della Nato: ribadiscono la fedeltà degli Usa all’Alleanza atlantica e all’articolo V del Trattato di Washington, secondo il quale l’aggressione a uno dei firmatari sarà considerata un attacco contro tutti gli altri e gli Stati Uniti si impegneranno a rispondere con tutti i mezzi necessari a contrastarlo; la NSS ricorda che il deterrente nucleare statunitense protegge oltre trenta fra alleati e partner. Dall’Europa all’Oceano Pacifico, le alleanze sono indispensabili per mantenere l’equilibrio del potere internazionale e promuovere la prosperità; ed è per questo motivo che nella NSS 2017 si dice che la Russia punta a dividere gli Stati Uniti dai suoi alleati, mentre l’Amministrazione intende invece lavorare con alleati e partner nei campi della sicurezza e dell’economia e rafforzare i vincoli reciproci12.
Le affermazioni del candidato Trump preoccuparono gli alleati e rallegrarono i «sinistri» con paraocchi putiniani e da nazionalista granderusso. A ben vedere, benché esprimendosi sopra le righe - alla fin fine era in campagna elettorale - il candidato Trump si riferiva alla particolare minaccia del terrorismo - e la Russia rimaneva tra le minacce - e al contributo finanziario degli alleati alla difesa comune. In ogni caso, Trump ha fatto esplicitamente autocritica nella conferenza stampa del 12 aprile 2017 con il segretario della Nato, Jens Stoltenberg: «ho detto che [la Nato] era obsoleta; non lo è più»13. Ha però continuato a insistere su quella che per lui è sempre stata la questione centrale: i soldi.
Nelle precedenti amministrazioni, la questione dei costi per le missioni militari non era affatto ignorata. Ad esempio, nella sezione della NSS clintoniana del luglio 1994 che descrive i criteri per decidere i modi e i livelli di partecipazione degli Stati Uniti a specifiche operazioni militari, in quarto luogo si specifica che «il nostro impegno deve soddisfare ragionevoli soglie di costo e di fattibilità. Saremo più inclini ad agire dove c’è ragione di credere che la nostra azione porterà un miglioramento duraturo. D’altra parte, il nostro coinvolgimento sarà più circoscritto quando altri attori regionali o multilaterali saranno in posizione migliore della nostra per agire»14. Nella NSS 2002, la stessa che consacrò la «guerra al terrore» dell’unilateralista Bush Jr., un intero capitolo è dedicato a «sviluppare agende per l’azione cooperativa con gli altri principali centri del potere globale», ovvero l’Unione europea - di cui si saluta lo sforzo di forgiare una propria politica estera e militare - il Giappone, la Russia, la Cina e l’India, «una delle due maggiori democrazie del mondo». Dal punto di vista strettamente economico, della Nato si diceva che avrebbe dovuto sviluppare nuove capacità e strutture - come una forza d’intervento rapida - e che occorreva far leva sulle «opportunità tecnologiche e le economie di scala nella nostra spesa per la difesa allo scopo di trasformare le forze militari della Nato in modo che possano dominare potenziali aggressori e diminuire le nostre vulnerabilità15. E quanto alla strategia di Obama, la NSS 2010 prevedeva la revisione e razionalizzazione dei programmi del Dipartimento della Difesa e la riduzione della spesa militare degli Usa, ma non richiedeva aumenti della spesa agli alleati europei - «la pietra angolare dell’impegno degli Stati Uniti con il mondo» - con i quali si doveva però potenziare la cooperazione economica complessiva. Il problema di Obama era che, «quando usiamo troppo la nostra forza militare, o non investiamo in o non impieghiamo strumenti complementari o agiamo senza i partner, allora le nostre Forze armate sono sovraccaricate (overstretched), gli americani sopportano un carico maggiore, e la nostra leadership in tutto il mondo è identificata in modo troppo ristretto con la forza militare»16. Di qui l’enfasi sulla divisione del lavoro fra le istituzioni locali, nazionali e globali, le diverse agenzie internazionali, i programmi «per rafforzare le capacità regionali per il mantenimento della pace e la gestione dei conflitti per migliorare l’impatto e condividere gli oneri»17, lo spostarsi del dialogo intorno al coordinamento delle politiche economiche, dal G8 al G20.

sabato 9 giugno 2018

LA PAIX COMME FORME DE VIE, par Tito Alvarado

© Pablo Picasso
De plus de six mille langues existantes dans le monde, trois mille ont peu de possibilités de continuer à être utilisées au cours du prochain siècle. Cette donnée tragique représente un constat terrible, nous perdrons trois mille façons d’approcher la vie et l’humanité à partir de la perspective des autres dans leur relation avec le milieu qui les entoure. Cependant, comme il s’agit d’un cas de mort pour les personnes qui utilisent ces langues, c’est perçu comme une donnée anecdotique, comme une sorte de fatalisme ; en réalité, on s’en lave les mains alors que nous incombe la responsabilité de travailler à la survie de la variété des cultures et des langues. Sauvegarder une langue, c’est sauver une manière d’entrer en relation avec le monde, un outil de culture. Mais il y a beaucoup d’autres thèmes aussi pertinents que les enjeux liés à la problématique des langues en voie d’extinction. La vie même est en danger ; les 25 prochaines années sont décisives quant à la poursuite sur la même lancée ou quant à un changement de mode de vie.
Je crois avoir lu quelque part dans un document dont j’ai perdu la trace qu’existent plus d’un million d’initiatives et d’organisations dont l’enjeu de leur action est la paix mondiale. Malheureusement, il ne semble pas y avoir de coordination entre elles. Est-ce en raison du « conditionnement » qui nous laisse croire que chaque individu est une île ? Est-ce la loi du moindre effort ? Ou, pire encore, à cause d’une morale éloignée de la réalité ? Certes, chaque entité est de bonne foi, mais cela ne suffit pas pour que cessent les guerres dans le monde. Ces guerres sont créées avec la volonté de contrôle des ressources en utilisant des arguties pour faire croître la peur de menaces factices. Nous sommes devant les portes d’un dilemme auquel l’espèce humaine n’a jamais eu à faire face : garantir la survie de tous et toutes ou périr.
On ne perçoit pas toujours bien l’ampleur de cette tragédie. Les préoccupations quotidiennes pour la survie ne nous permettent pas de nous projeter dans ce drame qu’est la vie, avec les jours comptés, et nous continuons à agir de la même manière. En outre, les pouvoirs manipulent notre capacité de réponse et nous amènent à penser et à agir selon des intérêts éloignés du bien-être de tous et toutes et de chaque individu. Même si des millions de personnes travaillent pour la vie, la balance penche vers la fin de la civilisation étant donné que beaucoup de gens agissent en fonction de leurs intérêts immédiats, toujours en contradiction avec le bien-être collectif.
La paix peut sembler seulement un thème facile à développer alors qu’il s’agit d’un objectif difficile à atteindre. Je ne pense pas la paix comme un fait immédiat quand je vois la quarantaine de conflits armés et les centaines d’interventions armées qui empêchent la convivialité pacifique des nations et des personnes. Il suffit de suivre un peu le fil des informations pour constater qu’on ne nous dit pas toujours la vérité ; la soi-disant vérité reflète les bénéfices immédiats et à venir de ceux qui exercent les pouvoirs avec toutes leurs tentacules incluant le recours aux crimes, aux scandales et à la corruption pour toujours maintenir les mêmes règles du jeu ; dans ce casse-tête, les bonnes actions ressemblent à des farces. Le commerce des « nouvelles » ne consiste pas à communiquer réellement ce qui arrive, mais à privilégier le morbide et les faits funestes jusqu’à satiété. On falsifie souvent la vérité en édulcorant les faits véritables ou en racontant carrément des mensonges. Nous évoluons dans un monde d’images, celles des pouvoirs derrière le pouvoir. Ainsi, nous n’atteindrons jamais la paix comme un moyen pour développer tout notre pouvoir de création. Cela doit et peut changer.
La paix comme thème en arrive à ressembler à un lieu commun, comme un mot vidé de sa signification. Si nous nous en remettons à l’histoire, nous constatons que la paix a toujours été la plus grande utopie jamais réalisée ; peu importe que plusieurs pays ne soient pas en état de guerre, malgré un calme relatif, chaque jour on peut noter les ravages d’une forme de vie construite par des coups de force. Nous en sommes réduits à un champ d’études techniques et scientifiques qui étouffent les personnes qui pensent et agissent d’une manière différente. Dans ce champ d’honneur, des personnages, perçus selon une éthique de la paix, présentent un visage d’assassins à l’état naturel. Maintenir les armées avec toute leur ferraille coûte les yeux de la tête et rapporte peu au pays qui paie pour des services… « virtuels ». Ce sont des dépenses inutiles alors que plusieurs catégories de travailleurs et de travailleuses se retrouvent mal payés (professeurs, ouvriers, artistes, artisans).
Les actions sont limitées devant la distance croissante entre la minorité qui possède beaucoup et les majorités qui ont peu, presque rien ou tout simplement rien devant les désastres multiples : changements climatiques, décroissante alarmante des ressources hydriques, amoncèlement scandaleux de plastiques sur toute la planète (particulièrement dans les mers), gaspillage de biens et produits alimentaires qui se retrouvent dans les ordures, pauvreté extrême de plus de deux milliards de personnes condamnées à la survie. Face à toutes ces catastrophes, des millions de personnes devraient agir sur plusieurs fronts avec héroïsme courage et détermination afin de limiter l’avancée de l’humanité vers l’abîme.
Nous pouvons continuer à lever la bannière de la paix et de la sécurité, mais nous n’y verrons aucune différence si nous ne créons pas une brèche profonde entre la nécessité et le possible. Aujourd’hui, bien que nous fassions face à des catastrophes imminentes, la conscience collective critique semble avoir perdu ses repères.
Si nous cherchons une définition qui valorise le mot « paix », nous allons découvrir avec surprise que le terme est défini à la lumière d’une idéologie exprimée selon les codes du langage et de la vision de la classe dominante. On perd de vue la signification que lui accordent les personnes qui croient à un nouvel ordre social possible et nécessaire.
N’importe quel expert des questions sémantiques nous dira que le mot paix réfère à un état de bien-être, de tranquillité, de stabilité et de sécurité. On réfère aussi à un état d’harmonie libre de guerres, de conflits et de contre-temps. Cette définition reste dans les limbes de l’ambiguïté même si elle se voulait catégorique. Dans toute l’histoire de l’humanité, jamais on n’a pu être témoin de cet état de bien-être, de tranquillité, de stabilité et de sécurité. Regardons chaque dimension en détail. Atteindre un certain bien-être réfère à un niveau de richesse valable ; actuellement, la pauvreté touche plus de monde que la richesse. Actuellement, le pic est absolu : 1% de la population mondiale contrôle 50% des ressources mondiales. La tranquillité fait référence à la certitude que nous ne pouvons pas prétendre, si l’on se observe les catastrophes majeures causées par des facteurs mineurs, que notre vie est comme les vagues qui se brisent sur les rochers. La stabilité est quelque chose de très relatif ; en réalité, il s’agit de vagues contradictoires, car à certains moments arrivent diverses stratégies « gagnantes », mais par la suite le système économique replonge dans une période d’instabilité. La sécurité est une blague… cruelle. Elle n’existe pas vraiment. Il suffit d’observer ce que doivent subir les passagers dans un aéroport pour s’en rendre compte. Par ailleurs, la prolifération des compagnies de sécurité est phénoménale. Et que dire des arsenaux impressionnants, sophistiqués et de plus en plus dangereux que l’on retrouve dans les services policiers.
La définition de la paix déjà mentionnée est simplement un euphémisme qui nous ramène à la dimension superficielle. Penser la paix dans sa profondeur est impossible étant donné l’essence même de l’ordre social dans lequel nous vivons, car tout est basé sur le fait qu’une minorité cherche constamment à augmenter ses profits en luttant constamment contre les autres. La compétition est le mot-clé le plus en vogue ; c’est la source de tous les conflits. On vit pour gagner et vivre avec les gains. Ce semble un jeu de mots, mais il s’agit bel et bien d’une vérité consacrée comme une morale. Les banques, les compagnies d’assurances, les compagnies de construction, par définition, s’avèrent des voleurs de grands chemins. Leurs profits montent en proportion plus grande que le coût de la vie pendant que les salaires des gens qui vivent de leur travail restent stables ou augmentent très peu ; ainsi, on perd des acquis et le salaire se dilue dangereusement.
Nous vivons le cauchemar à savoir les ressources de la planète arrivent à subvenir aux besoins des êtres humains pour qu’ils puissent profiter pleinement de leurs possibilités, cependant cette situation augmente la brèche entre ceux qui possèdent beaucoup et ceux qui ont peu. Ce terrible constat ne semble pas perçu comme une injustice. La science et la technique fournissent des réponses à la majorité des problèmes humains, mais le manque de ressources, les intérêts des sociétés transnationales, l’« éthique » du marché empêche que l’humanité puisse implanter ces solutions parce que les règles du marché imposent leurs conditions comme une immoralité absolue ; des milliers de tonnes de produits non vendus se perdent dans des lieux secrets.
Paix restera un mot de bonnes intentions et rarement implanté dans la vie quotidienne en attendant que nous rencontrions une solution radicale qui irait au fond des choses. Il s’agit d’éliminer les règles du jeu qui facilite le vécu en des guerres constantes qui entretiennent l’appauvrissement et le traitement inacceptable des personnes. D’une manière urgente, un changement radical de culture s’impose c’est-à-dire une révolution culturelle qui placerait le bien-être de tous les êtres humains, sans distinction de races, de croyances religieuses, d’origine ethnique et/ou nationale ou de toutes les autres barrières qui divisent l’humanité. Le drame d’aujourd’hui est la vie ; poursuivre sans changements profonds signifie aller de mal en pis et atteindre un point de non-retour. Si nous en arrivons là, le dommage sera irrécupérable. Les changements nécessaires s’imposent aujourd’hui même et doivent suivre deux lignes directrices centrales : changer les modèles de relation entre nous et de nous avec la nature. Tout d’abord, rappelons que la cause principale de la détérioration de la vie sur la planète terre est unique et fondamentale : la recherche constante du profit. Au contraire, les relations entre nous et avec la nature devraient reposer sur la solidarité, se sentiment fraternel qui nous humanise et nous élève en tant que personne.
Un nouvel ordre n’est pas seulement possible, il est extrêmement nécessaire, car les ressources de la planète peuvent parfaitement satisfaire les besoins de tous les êtres humains. En ce sens, il faut considérer douze fondements de la paix qui s’avèrent à la fois des motifs de changements culturels, c’est-à-dire une nouvelle façon de voir le monde et de nous voir dans cet univers en assumant notre part de responsabilité sur le plan de la conscience, de la participation, de l’information et de la prise de décision :

• partager la planète comme le seul foyer commun de tous les habitants de la Terre ;
• distribuer les biens en proportion des besoins ;
• investir dans l’éducation, la recherche scientifique et technologique et le développement d’une conscience sociale critique ;
• garantir un salaire minimum unique éthique et un salaire maximum qui ne soit pas supérieur à cinq fois le salaire minimum ;
• développer des pratiques transparentes par rapport aux salaires, aux profits et aux bénéfices ;
• légaliser la terre, l’eau, l’air comme des biens sociaux non commercialisables ;
• démobiliser les armées ;
• instaurer une monnaie d’échange équitable ;
• favoriser la libre circulation des personnes ;
• interdire que la santé, l’éducation, le logement et les pensions soient des biens objets de commerce ;
• rendre gratuit le transport collectif dans toutes les villes qui peuvent compter sur des transports collectifs ;
• considérer l’impact écologique de tout projet de développement.

sabato 2 giugno 2018

LA INDUSTRIA AUDIOVISUAL DEL PORNO, por Marcelo Colussi

Los usuarios de la pornografía sólo observan un video bien editado. Ellos no ven lo que pasa detrás de escenas, las chicas que están llorando y son enviadas para afuera del estudio de grabación porque no pueden aguantar los actos sexuales violentos en los que les piden participar.
(Shelley Lubben, ex actriz porno)

La sexualidad es el Talón de Aquiles de los seres humanos. No hay sexualidad “normal”; ella es siempre problemática. ¿Por qué tendríamos que esconder los órganos genitales externos si no? ¿Por qué la prohibición del incesto? Es por demás de evidente que la sexualidad, distintamente a lo que sucede en el orden animal, no se corresponde con la reproducción. Hay un plus más allá de lo biológico-instintivo que inaugura un nuevo orden. Como dijera Jean Laplanche: “El instinto está «pervertido» por lo social”. De ahí que en psicoanálisis, para designar estos complejos y erráticos entramados, se habla de pulsión (Trieb), en tanto fuerza, energía, deseo que busca un objeto por siempre evanescente, irremediablemente perdido.
La sexualidad no es nunca “inocente”; nos hace poner colorados, nos hace sonreír o avergonzar, es tema tabú, no es de “buen gusto” hablar de ella en público… pero jamás es neutra. La sexualidad no se agota en el conocimiento anatómico-fisiológico del aparato génito-urinario, ni mucho menos. Es algo más. Ese es el “plus” al que nos referimos; de ahí que nos pasamos la vida hablando de ella, haciendo chistes, juegos de palabras con doble sentido, escribiendo “groserías sexuales” en los baños públicos, venerándola en definitiva. No hay posibilidad alguna de ser asexuado, se utilicen o no los órganos genitales (voto de castidad, soltería crónica). Porque, en definitiva, todo lo humano es sexual, en tanto la sexualidad –al igual que la muerte– es el recordatorio inapelable de nuestros límites: todos nos vamos a morir (límite infranqueable), y todos somos o “machos” o “hembras” de la especie, socializados luego como caballeros o damas, con todas las combinaciones intermedias posibles que se nos ocurran: LGBTIQ (y algún etcétera, por lo que pudiera aparecer). Es decir: partimos de una diferencia anatómica insalvable de la que no queremos saber nada, la que nos aterra (por eso la cubrimos) y que nos recuerda, inapelablemente, que hay límites, que no somos “completos” (siempre falta algo, por eso nos pasamos la vida deseando ese objeto que nos complete. Búsqueda por siempre fallida, por cierto).
La pornografía (“presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”) es eminentemente humana (ningún animal la ha desarrollado). Y tan vieja como el mundo. Pero sucede algo especial: el capitalismo, que todo transforma en negocio redituable, también ha hecho de ella una fabulosa industria. En estas últimas décadas, con el primado de la cultura audiovisual que ha inundado todo, y ni decir del ámbito del Internet, la pornografía alcanzó cotas como nunca antes en toda la historia.
De hecho, en tanto industria audiovisual, la pornografía es hoy una gran actividad económica, produciendo cantidades fabulosas de dinero. La producción de películas y videos porno viene creciendo a ritmo vertiginoso en estas últimas décadas. El Internet ha venido a disparar tanto esa producción como ese consumo. Pero en concreto, dado que la pornografía, al igual que todo lo ligado al campo de la sexualidad, comporta un cierto halo de “prohibido”, algo estigmatizado, no hay datos totalmente confiables en su ámbito. Nadie habla abiertamente de esto, como sí sucede en otros rubros comerciales. Muy poca gente reconoce abiertamente ser usuaria de estos materiales, pero evidentemente si es un negocio en crecimiento (igual que las drogas ilegales) es porque existe una enorme masa de consumidores –en las sombras, en la mayoría de los casos. ¿Quiénes de los que están leyendo el presente opúsculo reconocen abiertamente ver películas/videos porno?–.
No existen registros oficiales fiables del negocio, habiendo, en todo caso, algunas aproximaciones socio-estadísticas. A partir de ellas, se puede calcular que todo el rubro comercial de la pornografía en los medios audiovisuales actualmente mueve unos 50,000 millones de dólares anuales, colocándola entre los grandes negocios (armas, petróleo, drogas ilegales, farmacéuticas). Estados Unidos es el principal productor de material audiovisual porno, básicamente en el estado de California (“el otro Hollywood”, según la coloquial denominación). De todos modos, a partir del 2014 en Los Ángeles existe un regulación legal que hace obligatorio el uso de preservativos por parte de los actores porno; ello generó rechazo entre los productores, que en muchos casos decidieron mudar la producción a Las Vegas y a Miami, dado que en esos estados (Nevada y Florida) no rige este tipo de normativas legales.
Según los datos disponibles hoy, el 12% de los sitios web ofrecidos en la Red de redes son pornográficos. De acuerdo a un estudio de la española Universidad de Navarra del año 2015, “en la actualidad existen más de 500 millones de páginas web de acceso a material pornográfico”. A partir de las estimaciones realizadas, el 25% de todas las solicitudes de motores de búsqueda están relacionadas con la pornografía. Cada segundo, hay 30 millones de personas viendo porno en Internet. El consumo está más inclinado hacia los varones, pero también las mujeres acceden a él: entre un 25 y 30% son visitas de mujeres a las páginas porno. Esos accesos se dan en los hogares, pero también en los centros de trabajo: el 20% de varones admite que ven algo de porno en sus ámbitos laborales. Hoy día, los teléfonos celulares inteligentes son el medio más utilizado para acceder a materiales de esta índole.
Hay producción porno para todos los gustos, presentando las combinaciones más audaces, esotéricas, simpáticas o bizarras. En realidad, ninguna de esas producciones muestra nada que en la realidad efectiva no suceda; o, en todo caso, ponen en acción fantasías que todos los seres humanos (varones y mujeres) parecen tener en mayor o menor medida. Puede incluirse en esa diversísima producción la pornografía que entra en el ámbito de lo delictivo: torturas, violaciones, utilización de menores de edad. Pero dejando de lado esas prácticas a todas luces ilegales y delictivas (de las que la industria capitalista hace negocio, como lo hace con cualquier esfera humana), todo lo que se ofrece a los ojos son cosas que pueden suceder en la intimidad, aquellas de las que no se habla… ¡pero se hacen! (parafernalia de juguetes eróticos, posiciones insólitas, prácticas sado-masoquistas, prácticas bisexuales, “cochinadas” varias y un largo, interminable etcétera. Nos preguntamos una vez más: ¿cuál es la sexualidad normal? ¿Dónde podrá leérsela: en un libro de psiquiatría, en algún documento del Vaticano?). El goce no tiene forma “normal”, enseña el psicoanálisis.
Los principales consumidores de pornografía son Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, India, Japón, Francia, Alemania, Australia, Italia y Brasil. Su consumo está difundido por todos lados, en todos los estamentos socioeconómicos, incluso en los países que aún se proclaman “socialistas”: en Cuba, por ejemplo, aunque no es legal la pornografía, la población –joven fundamentalmente– tiene acceso a ella en buena medida a través de videos caseros realizados en la isla, los llamados “videos de la UCI”, realizados por estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas. En China, el consumo de material audiovisual porno está castigado con cárcel, pero de todos modos la población se las ingenia para conseguirlo. Y otro tanto sucede en Corea del Norte, donde el consumo está castigado con pena de muerte, pero pese a ello se burlan las prohibiciones y hay acceso a materiales audiovisuales de este tipo. De igual manera sucede en los países islámicos, donde la sexualidad es un tema altamente tabú, y por tanto la producción y consumo de pornografía; pero “hecha la ley, hecha la trampa”, pues también allí hay un desarrollado ámbito del porno. De hecho, algunos países musulmanes producen este tipo de películas y/o videos.
No hay dudas que la sexualidad, y su correspondiente “presentación abierta y cruda que busca producir excitación”, es una constante por doquier. No hay prohibición explícita que la detenga. Ello algo indica: que el tema, obviamente, atrae, atrapa, ¿hipnotiza?
Para cierta visión moralista del asunto, la pornografía constituye una “entronización de la lujuria, envileciendo a quienes la practican”. En esa línea, puede llegar a decirse que “quienes están expuestos a la pornografía tienen más probabilidades de desarrollar tendencias sexuales anormales”. Un catedrático de la Universidad de Utah, Victor Cline, podía decir, por ejemplo: “Si uno vuelve vez tras vez a exponerse a material de naturaleza pornográfica, poco a poco llegará a tener una biblioteca pornográfica en su mente, de la que no podrá librarse. Estará ahí, lista para recordarse, aun cuando no lo quiera. Existe gran cantidad de evidencia que sugiere que los comienzos u orígenes de muchas desviaciones y perversiones sexuales son aprendidas, y una de las formas de aprendizaje es el exponerse a material pornográfico”.
Sin dudas, los mitos y prejuicios prevalecen, están muy arraigados (“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, decía Einstein). Se sigue pensando –y por tanto, pontificando, dando directivas y regañando– en nombre de una pretendida sexualidad normal (¿cuál sería?). Si la pornografía existe, ello debería abrir un análisis exhaustivo no moralizante de por qué se repite y tiende a ampliarse. Entiéndase que pornografía no es sinónimo de delito sexual. Esto último está claramente tipificado en las distintas constituciones nacionales, existiendo un cierto consenso generalizado de cuáles serían sus notas distintivas. La violación, las prácticas que dañan la integridad del otro, el ejercicio sexual con menores de edad están normados como delitos. De ahí en más, es imposible reglar lo que se hace (o fantasea).
¿Cómo considerar la pornografía? ¿Degeneración? ¿Enfermedad mental? ¿Fenomenal negocio? ¿Picardía de la esfera privada? De hecho, hoy día hay una tendencia en psicopatología que habla de una “adicción a la pornografía”, en tanto consumo insaciable de materiales audiovisuales. ¿Se puede mantener esa aseveración? La idea de base en esa visión es que la pornografía es “dañina”: “quienes están expuestos a la pornografía tienen más probabilidades de desarrollar tendencias sexuales anormales”. Para contraponerse a esa concepción, el criminólogo de la Universidad de Copenhague Berl Kutchinsky afirmó que, en realidad, la pornografía “cumple una función positiva al actuar como una «válvula de escape» para los potenciales agresores sexuales”. En 1970 fundamentó su aseveración diciendo que “cuando el gobierno danés levantó las restricciones sobre la pornografía, la cantidad de crímenes sexuales disminuyó”.
Como sea, parece que los prejuicios siguen rondando en torno a una pretendida sexualidad “normal”. Ahora bien: si las poblaciones, varones y mujeres (y todas las combinaciones intermedias que se quieran establecer), en todos los contextos, con o sin capacidad económica, incluso desde muy tempranas edades –a partir del despertar genital puberal–, acceden a la pornografía (¡que no es exactamente un crimen sexual!), habrá que estudiar críticamente el fenómeno. ¿Hay algo cuestionable en ella? En tal caso: ¿qué es?

RED UTOPIA ROJA – Principles / Principios / Princìpi / Principes / Princípios

a) The end does not justify the means, but the means which we use must reflect the essence of the end.

b) Support for the struggle of all peoples against imperialism and/or for their self determination, independently of their political leaderships.

c) For the autonomy and total independence from the political projects of capitalism.

d) The unity of the workers of the world - intellectual and physical workers, without ideological discrimination of any kind (apart from the basics of anti-capitalism, anti-imperialism and of socialism).

e) Fight against political bureaucracies, for direct and councils democracy.

f) Save all life on the Planet, save humanity.

(January 2010)

* * *

a) El fin no justifica los medios, y en los medios que empleamos debe estar reflejada la esencia del fin.

b) Apoyo a las luchas de todos los pueblos contra el imperialismo y/o por su autodeterminación, independientemente de sus direcciones políticas.

c) Por la autonomía y la independencia total respecto a los proyectos políticos del capitalismo.

d) Unidad del mundo del trabajo intelectual y físico, sin discriminaciones ideológicas de ningún tipo, fuera de la identidad “anticapitalista, antiimperialista y por el socialismo”.

e) Lucha contra las burocracias políticas, por la democracia directa y consejista.

f) Salvar la vida sobre la Tierra, salvar a la humanidad.

(Enero de 2010)

* * *

a) Il fine non giustifica i mezzi, ma nei mezzi che impieghiamo dev’essere riflessa l’essenza del fine.

b) Sostegno alle lotte di tutti i popoli contro l’imperialismo e/o per la loro autodeterminazione, indipendentemente dalle loro direzioni politiche.

c) Per l’autonomia e l’indipendenza totale dai progetti politici del capitalismo.

d) Unità del mondo del lavoro mentale e materiale, senza discriminazioni ideologiche di alcun tipo (a parte le «basi anticapitaliste, antimperialiste e per il socialismo.

e) Lotta contro le burocrazie politiche, per la democrazia diretta e consigliare.

f) Salvare la vita sulla Terra, salvare l’umanità.

(Gennaio 2010)

* * *

a) La fin ne justifie pas les moyens, et dans les moyens que nous utilisons doit apparaître l'essence de la fin projetée.

b) Appui aux luttes de tous les peuples menées contre l'impérialisme et/ou pour leur autodétermination, indépendamment de leurs directions politiques.

c) Pour l'autonomie et la totale indépendance par rapport aux projets politiques du capitalisme.

d) Unité du monde du travail intellectuel et manuel, sans discriminations idéologiques d'aucun type, en dehors de l'identité "anticapitaliste, anti-impérialiste et pour le socialisme".

e) Lutte contre les bureaucraties politiques, et pour la démocratie directe et conseilliste.

f) Sauver la vie sur Terre, sauver l'Humanité.

(Janvier 2010)

* * *

a) O fim não justifica os médios, e os médios utilizados devem reflectir a essência do fim.

b) Apoio às lutas de todos os povos contra o imperialismo e/ou pela auto-determinação, independentemente das direcções políticas deles.

c) Pela autonomia e a independência respeito total para com os projectos políticos do capitalismo.

d) Unidade do mundo do trabalho intelectual e físico, sem discriminações ideológicas de nenhum tipo, fora da identidade “anti-capitalista, anti-imperialista e pelo socialismo”.

e) Luta contra as burocracias políticas, pela democracia directa e dos conselhos.

f) Salvar a vida na Terra, salvar a humanidade.

(Janeiro de 2010)