(Casos de Argentina y Guatemala)
por Marcelo Colussi
Se dice machaconamente que “el pueblo votante es el soberano”. Absurda mentira que se nos ha impuesto a base de interminables repeticiones. Desde hace dos siglos, con el advenimiento de las llamadas “democracias” -Estados Unidos, Francia e Inglaterra tomando la delantera-, las potencias dominantes del mundo impusieron la democracia representativa como el supuesto punto máximo de desarrollo en la dimensión política de las sociedades.
Esa pretendida democracia encubre lo más importante: es la expresión jurídico-administrativa de la sociedad capitalista, donde unos pocos (empresarios, terratenientes, banqueros) obtienen fabulosas ganancias a partir de la explotación del trabajo de las grandes mayorías populares. Los pueblos, voten o no, nunca mandan. En tal sentido, tiene absoluta vigencia lo dicho por Paul Valéry al definir “política”: “el arte de hacer creer a la gente que toma parte en las decisiones que le conciernen” cuando, en verdad, no decide nada.
En el modo de producción capitalista, como dijeran Marx y Engels, la burocracia que maneja el Estado no es más que “el consejo de administración de la clase dirigente”. Los llamados “políticos profesionales” constituyen ese grupo que trabaja para que todo siga igual, para que las leyes normalicen/naturalicen la explotación, y que la protesta -cuando alcanza cierto nivel peligroso para el sistema- sea reprimida.
Por supuesto, hay que tener cierta capacidad especial -no necesariamente la más virtuosa, por cierto- para querer ser un “mentiroso de profesión”, tal como es el trabajo de “político”. Es parte de este complejo oficio -si es que así se le puede llamar- la manipulación continua, la mentira descarada, “el arte de hacer creer a la gente” cosas que no son. En todos los países capitalistas existentes al día de hoy -en los socialistas no- ese grupo especial de burócratas tomadores de decisiones, funciona como los causantes de las penurias de los pueblos. Son, supuestamente, decisiones de esos políticos las que producen problemas sociales, desnutrición, falta de educación, carencias varias, guerras o contaminación intolerable.





