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martedì 12 agosto 2014

EL HOMBRE DE HIERRO NO VENCERÁ[1], por Claudio Albertani


El capitalismo es malo para la salud: a veces te adelgaza hasta los huesos y a veces 
te engorda hasta la obesidad, pero siempre te mata; rápido o despacio, pero te mata.
Armando Bartra

Armando Bartra es un autor prolífico. Ha publicado unos treinta libros, ha coordinado un sinnúmero de obras colectivas y ha escrito cientos de artículos, siempre vinculados a la urgencia apremiante de “suprimir el estado de cosas presente”. Detecto en esta obra extensa y generosa, por lo menos, tres grandes vetas, cuyo eje común es un insaciable apetito de conocimiento aunado a una inquebrantable pasión de transformación social. Está, en primer lugar, un filón histórico en el que caben sus estudios sobre el magonismo, los zapatismos con y sin “vista al mar”, las monterías, el café, el carnaval y las historietas; luego hay una serie de textos de actualidad sobre el movimiento social en México, las organizaciones campesinas, el neozapatismo, el desarrollo rural y la izquierda dentro y fuera de los partidos políticos.
Hay, por último, un tercer filón, más bien teórico, en el que podemos situar sus estudios sobre la cuestión agraria y el capitalismo moderno. Es aquí donde se ubica El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, para mi gusto la aportación más profunda de nuestro autor. Publicado por primera vez en 2008 -pero redactado en 2006-2007- El hombre de hierro es una denuncia rigurosa y vehemente de la catástrofe capitalista en México y en el mundo entero. Es, entre otras cosas, un libro profético pues a las pocas semanas de publicarse, estalló la crisis financiera más destructiva desde 1929, misma que todavía no ha concluido su ciclo mortífero.

Bartra, sin embargo, no habla únicamente de crisis económica. La catástrofe que describe lo abarca todo: la economía, sin duda, pero también la política y la geopolítica,  la sociedad y la cultura, la salud y el ambiente, la ciudad y el campo, la familia, la vida cotidiana y un largo etcétera. Estamos metidos en “una gran crisis civilizatoria”, insiste, y su diagnóstico es implacable: “la humanidad no aguanta otro siglo como el anterior” (p. 29). ¿Perspectiva apocalíptica? Posiblemente, pero Bartra no improvisa. Sus denuncias se anclan en amplios conocimiento multidisciplinarios afianzados en la ecología radical y en el arma secreta del viejo Marx: la crítica de la economía política.
Comencemos por el título. El hombre de hierro es una metáfora que el autor de El Capital emplea en sus cuadernos de apuntes. En uno de ellos –que Bolívar Echeverría publicó con el título de La tecnología del capital- compara el capitalismo a un autómata global con “accesorios dotados de movimiento y servidores de éste”. Más adelante abunda: “aquí, en el autómata y en la maquinaria movida por él, el trabajo del pasado se muestra en apariencia como activo por sí mismo, independientemente del trabajo vivo, subordinándolo y no subordinado a él: el hombre de hierro contra el hombre de carne y hueso”.[2]
En los mismos cuadernos, Marx describe el luddismo -el movimiento contra los despidos y los bajos salarios ocasionados por la introducción de las máquinas- como una lucha precursora contra la “fuerza productiva” específica del capitalismo, “la primera declaración de guerra contra el medio de producción y el modo de producción desarrollados por la producción capitalista”.[3] Es aquí -señala Bartra- donde encontramos lo mejor de la crítica de la economía política y teoría crítica del gran dinero que ubica el huevo de la serpiente en la propia tecnología desarrollada por el capital (pp. 54-55).
La producción capitalista tiene, desde el principio, no una sino varias bombas de tiempo en sus entrañas: el trabajo muerto en oposición al trabajo vivo; el hombre de hierro, en oposición al hombre de carne y hueso, o sea el proletariado (en la actualidad, la gran parte de nosotros, los humanos). Uno de los escenarios persistentes del conflicto -no previsto por Marx, aunque sí por los anarquistas- es el campo. Bartra evoca, con razón, la experiencia de los ejércitos de Emiliano Zapata y Francisco Villa, aplastados por Obregón y Carranza y la de los campesinos ucranianos, aniquilados por el gobierno bolchevique.
En el trayecto, Bartra arremete -y con sobrada razón- contra el mito del desarrollo científico-tecnológico, con el cual, día tras días, se encubren los peores crímenes. “Los esfuerzos por crear una naturaleza a imagen y semejanza del capital -explica- continuarán en las dos últimas décadas del siglo XX a través de los transgénicos y la nanotecnología, pero con la Revolución Verde se consuma en lo fundamental la subordinación material de la agricultura al capital en lo tocante al trabajador” (p. 136).
El autor lo repite una y otra vez: la ciencia no es neutral; las máquinas tal como nosotros las conocemos, son el fruto de una tecnología producida por el capital, a su medida, sobre el presupuesto del trabajo enajenado. De manera que para acabar con el conflicto entre hombre de hierro y hombre de carne y hueso es preciso, no solamente “expropiar los expropiadores”, sino transformar el proceso de trabajo mismo y producir otras máquinas a partir de otros conocimientos y para otra producción (pp. 112-13).
Vale la pena detenerse en este Marx releído por Bartra. Desde mi punto de vista, una parte de su obra es hoy obsoleta, si es que alguna vez tuvo validez. Me refiero, especialmente, a cierto determinismo mecanicista anclado en la dialéctica hegeliana, al espejismo de que la humanidad transita de un modo de producción al otro según leyes inmutables y a la ficción de que el país industrialmente más avanzado muestra al menos desarrollado la imagen de su propio futuro. Si esto fuera así los campesinos ya hubieran desaparecido, pero -como observa Bartra- ahí siguen en el capitalismo metropolitano y en el periférico (p. 57).
A pesar de esto, hay algo más vigente que nunca en la obra Marx y es, justamente, la crítica de la economía política, el trabajo tenaz, riguroso y al mismo tiempo profético, que hizo para deconstruir con la paciencia y la escrupulosidad de un “obrero del pensamiento” (así definían a los intelectuales en la Asociación  Internacional de los Trabajadores) el discurso pretendidamente científico de los economistas clásicos y, ante litteram, de los neoclásicos o, a fortiori, de los actuales neoliberales, estos últimos pálidas sombras de los anteriores. Recuerden que El Capital empieza con una frase que sólo ahora se está haciendo realidad: “la riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías”.
¿Alguien se atreve a negarlo? ¿Quién duda que esa “pasión inextinguible por la ganancia” o “la maldita hambre de oro” fustigadas por Marx hace más de 150 años, guían a los poderosas del mundo hoy más que nunca? Y si no les parece, visiten Carrizalillo, en las inmediaciones del río Balsas, Estado de Guerrero, donde la empresa canadiense Goldcorp, sedienta de oro, es responsable de devastar el medio ambiente y la salud de los vecinos, además de ocultar la información al respecto. No es un caso aislado. La Jornada del campo –otro de los esfuerzos editoriales de Bartra- informa que en los últimos 20 años, se ha extraído del territorio mexicano ¡cuatro veces el oro! y casi el ¡doble de plata! de lo que se extrajo durante los tres siglos que duró la Colonia.[4] Si lo anterior es verdad –¡y los es!-, entonces lo que nos presenta Armando es, precisamente, un inventario de los desastres de la actividad humana reducida a mercancía, en este que es el nuevo “tiempo de los asesinos” (Rimbaud).
Sigamos con el libro. Entre sus riquezas, encuentro el recurso a la literatura, un campo de batalla donde se dirimen asuntos nada triviales. Bartra sabe que El Capital puede leerse como gran un poema dramático cargado de metáforas, símbolos y alegorías que sirven a un sólo propósito: la emancipación de los trabajadores. El capital, dice Marx, viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies, mientras que la clase burguesa chupa literalmente la sangre de la clase obrera. El capital -insiste- es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa. Y ese vampiro no se desprende de él mientras quede por explotar un músculo, un tendón, una gota de sangre.[5]
Las metáforas terroríficas son típicas del romanticismo revolucionario que, entre otras cosas, es un grito contra el industrialismo naciente.  En el poema La nueva Jerusalén, por ejemplo, William Blake habla de unos “molinos satánicos” y los historiadores Peter Linebaugh y Marcus Rudiger aclaran que dichos molinos son en realidad los Albion Mills, la primera fábrica con máquinas a vapor que se instaló en Londres. En 1791, el mismo año en que había sido construida, esta fábrica de harina quedó totalmente destruida por un incendio provocado por la resistencia directa y anónima a la revolución industrial.[6] Hoy  el capital sigue chorreando sangre y los vampiros se llaman fondos buitres en Argentina, chupacabras en el México de Salinas y reforma energética en el de Peña Nieto.
Es en este sentido que Armando trae a colación Frankenstein o el moderno Prometeo, el famoso libro de Mary Shelley. No sobra recordar que Mary Godwin –mejor conocida como Mary Shelley- era hija del filósofo libertario William Godwin – “propiedad casi exclusiva del proletariado”, dice Engels- y de la feminista radical Mary Wollstonecraft, además de ser la esposa de Percy Bysshe Shelley. Ateo místico como Blake, el genial y profético Shelley (otra vez Engels[7]) era anarquista en su crítica de la sociedad y en sus propuestas reformadoras.[8]  
El monstruo que plasma Mary Shelley es un símbolo del proletariado que se rebela contra la injusticia. “Decidí -cuenta el doctor Frankenstein- hacer un ser de dimensiones gigantescas; que tendría alrededor de dos metros con cuarenta centímetros de estatura y corpulencia proporcionada”. Esa talla descomunal evoca la potencia del proletariado, que sólo necesita tomar consciencia de su fuerza para ganar la batalla. Más adelante el monstruo, por el cual el lector no puede menos que probar simpatía, lanza una amenaza: “¿acaso no he sufrido bastante que quieres aumentar mi desgracia? Aunque sea sólo un cúmulo de infelicidad, la vida me es querida y la defenderé. Recuerda que me has hecho más fuerte que tú, que te aventajo en estatura y agilidad”.[9]
Otro concepto fundamental desarrollado por Marx y retomado por Bartra es el fetichismo de la mercancía. Según el Diccionario de la Real Academia, fetiche quiere decir “ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos”, mientras que el  fetichismo es el “culto de los fetiches, una forma de idolatría o veneración excesiva”. El carácter místico de la mercancía, dice Marx, no deriva de su valor de uso; la forma fantasmagórica radica en que una relación social entre hombres se encuentra mistificada por las cosas.[10] En la actualidad, la mercancía ha llegado a la ocupación total de la vida social. Ahora, no solamente la relación a la mercancía es visible sino que no se ve más que ella: el mundo que se ve es su mundo, dijo otro profeta que responde al nombre de Guy Debord.[11]
Quisiera señalar una posible carencia del libro: hace falta un análisis profundo del narcotráfico, fenómeno devastador que afecta parejo al campo y la ciudad. Y es que la Gran Crisis fortalece, más que debilitar, las economías criminales operando como poderosa contratendencia. En libro reciente, Roberto Saviano señala que el mundo actual empieza precisamente en ese Big Bang moderno, origen de los flujos financieros inmediatos. “Quien ignora a México -precisa- no encuentra el camino que distingue el olor del dinero, no sabe cómo el olor del dinero criminal puede convertirse en un olor ganador que poco tiene que ver con el tufo de muerte miseria barbarie corrupción”.[12]  En este sentido, el hombre triple cero del investigador italiano sería el último avatar del hombre de hierro.
Al final del recorrido surge una pregunta: ¿estamos derrotados? Bartra dice que no. La ilusión del valor que se valoriza a sí mismo, la utopía capitalista de un mundo de autómatas dóciles se infringe constantemente contra los deseos, las esperanzas y las pasiones de hombres y mujeres de carne y hueso. Me seducen dos de sus propuestas: carnavalizar la política y pasar del luddismo utópico al luddismo científico, aunque no me queda clara su puesta en escena. Menos atractiva -aunque respetable- me resulta su opción política: el Movimiento Regeneración Nacional, Morena (pág. 295). Me cuesta imaginar a Martí Batres o a Andrés Manuel López Obrador en traje de luddistas y no entiendo qué cabida tienen en el discurso anterior.   



[1] Armando Bartra, El hombre de hierro. Límites sociales y naturales del capital en la perspectiva de la gran crisis, Editorial Ítaca/UACM/UAM, México, 2014, segunda edición aumentada. Texto leído en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, 5 de agosto de 2014.
[2] Karl Marx, La tecnología del capital. Subsunción formal y subsunción real  del proceso de trabajo al proceso de valorización (extracto del manuscrito 1861-63), selección y traducción de Bolívar Echeverría, Ítaca, México, 2005, pp. 47 y 57.
[3] Ibídem, pág. 50.
[4] Violeta R. Núñez Rodríguez, “Minería en el capitalismo del siglo XXI: despojo de territorios rurales”, La jornada del campo, 19 de julio de 2014.
[5] Marx , El Capital. Tomo I, op. cit., pp. 195 y 693. Sobre el tema de los vampiros, encontré un interesantísimo articulo de Marcos Neocleous, “La metáfora cognitiva de los vampiros en Marx”,
[6] Peter Linebaugh y Marcus Rudiger, La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico, Editorial Crítica, Barcelona, 2004, pág. 289.
[7] Frederich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, pág. 329,
[8] Percy Bysshe Shelley, La necesidad del ateísmo y otros ensayos filosóficos, Cultura libre – al margen ediciones, México, 2011.
[9] Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo, Universidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz, 2010, pp. 77-77 y 128.
[10] De este famoso texto que se encuentra al final del primer capítulo del tomo I del capital existe una nueva edición en separata: Karl Marx. El fetichismo de la mercancía (y su secreto),  prólogo de Anselm Jappe, Pepitas de Calabaza, Logroño (España), 2014.
[11] Guy Debord, La sociedad del espectáculo, varias ediciones, tesis no. 42.
[12] Roberto Saviano, CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo, Anagrama, Barcelona 2014, pp. 52 y 57.

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a) The end does not justify the means, but the means which we use must reflect the essence of the end.

b) Support for the struggle of all peoples against imperialism and/or for their self determination, independently of their political leaderships.

c) For the autonomy and total independence from the political projects of capitalism.

d) The unity of the workers of the world - intellectual and physical workers, without ideological discrimination of any kind (apart from the basics of anti-capitalism, anti-imperialism and of socialism).

e) Fight against political bureaucracies, for direct and councils democracy.

f) Save all life on the Planet, save humanity.

(January 2010)

* * *

a) El fin no justifica los medios, y en los medios que empleamos debe estar reflejada la esencia del fin.

b) Apoyo a las luchas de todos los pueblos contra el imperialismo y/o por su autodeterminación, independientemente de sus direcciones políticas.

c) Por la autonomía y la independencia total respecto a los proyectos políticos del capitalismo.

d) Unidad del mundo del trabajo intelectual y físico, sin discriminaciones ideológicas de ningún tipo, fuera de la identidad “anticapitalista, antiimperialista y por el socialismo”.

e) Lucha contra las burocracias políticas, por la democracia directa y consejista.

f) Salvar la vida sobre la Tierra, salvar a la humanidad

(Enero de 2010)

* * *

a) Il fine non giustifica i mezzi, ma nei mezzi che impieghiamo dev’essere riflessa l’essenza del fine.

b) Sostegno alle lotte di tutti i popoli contro l’imperialismo e/o per la loro autodeterminazione, indipendentemente dalle loro direzioni politiche.

c) Per l’autonomia e l’indipendenza totale dai progetti politici del capitalismo.

d) Unità del mondo del lavoro mentale e materiale, senza discriminazioni ideologiche di alcun tipo (a parte le «basi anticapitaliste, antimperialiste e per il socialismo.

e) Lotta contro le burocrazie politiche, per la democrazia diretta e consigliare.

f) Salvare la vita sulla Terra, salvare l’umanità.

(Gennaio 2010)

* * *

a) La fin ne justifie pas les moyens, et dans les moyens que nous utilisons doit apparaître l'essence de la fin projetée.

b) Appui aux luttes de tous les peuples menées contre l'impérialisme et/ou pour leur autodétermination, indépendamment de leurs directions politiques.

c) Pour l'autonomie et la totale indépendance par rapport aux projets politiques du capitalisme.

d) Unité du monde du travail intellectuel et manuel, sans discriminations idéologiques d'aucun type, en dehors de l'identité "anticapitaliste, anti-impérialiste et pour le socialisme".

e) Lutte contre les bureaucraties politiques, et pour la démocratie directe et conseilliste.

f) Sauver la vie sur Terre, sauver l'Humanité.

(Janvier 2010)

* * *

a) O fim não justifica os médios, e os médios utilizados devem reflectir a essência do fim.

b) Apoio às lutas de todos os povos contra o imperialismo e/ou pela auto-determinação, independentemente das direcções políticas deles.

c) Pela autonomia e a independência respeito total para com os projectos políticos do capitalismo.

d) Unidade do mundo do trabalho intelectual e físico, sem discriminações ideológicas de nenhum tipo, fora da identidade “anti-capitalista, anti-imperialista e pelo socialismo”.

e) Luta contra as burocracias políticas, pela democracia directa e dos conselhos.

f) Salvar a vida na Terra, salvar a humanidade.

(Janeiro de 2010)